Creando ratones de la nada en tan sólo tres semanas: la historia de la Ciencia

26 03 2008

Hombre de VitruvioEn la actualidad, estamos acostumbrados a una Ciencia en la que todo está comprobado hasta la saciedad. Así, tan sólo hay que fijarse en que los experimentos que ahora se realizan no tienen nada que ver con los realizados en la actualidad. Pero con esto no nos referimos a que exista un mayor interés que antaño en resolver las dudas que se les presentan a los científicos, puesto que las ansias de saber de estos investigadores son atemporales.

Cuando en Mesopotamia se concluyó con éxito el primer prototipo de la rueda, a su creador seguramente le asaltaba la misma picazón que a Graham Bell cuando llamó a su ayudante a través del teléfono. Eso es lo bueno de la humanidad, que sus ansias de saber, si bien algún día pueden llevarle a su propia autodestrucción, también ha facilitado una evolución excepcional. Pero lejos de dejarnos llevar por el sentimiento romántico de los inventores, y dejando pendiente el tema para otra ocasión, nos centraremos en los experimentos científicos que se realizaban en otras épocas.  

Para ello, primero debemos señalar que el concepto de Ciencia (irremisiblemente unido al concepto de experimento) ha tenido dos etapas en la historia de la humanidad. Hasta la revolución tecnológica actual, imperaba lo que se conoce como “Little Science” o “Pequeña Ciencia”. Este concepto de Ciencia se caracterizaba por el hecho de que, en la mayoría de los casos, los investigadores no disponían de recursos para llevar a cabo sus trabajos. Podemos imaginar a los grandísimos genios de la antigüedad escondidos en lúgubres sótanos o apartadas cabañas en el bosque donde realizaban sus experimentos sobre Astrología, Medicina, Alquimia, Botánica… Es cierto que algunos recibían la bendición del mecenazgo, pero también hay que pensar que seguro existieron muchos otros que no tuvieron la misma suerte, perdiéndose un potencial inimaginable. 

Afortunadamente, en la actualidad vivimos en la era de la “Big Science” (Gran Ciencia), que se encuentra relacionada con la denominada ley del 80/20, la cual estipula que el 80% de los científicos que han vivido desde el principio de los tiempos pertenece a la actualidad (entendiendo ésta desde mediados del s. XX hasta nuestros días). La Gran Ciencia se caracteriza por la colaboración entre colegas, buen equipamiento, reconocimiento internacional del trabajo realizado, obtención de ayudas a la investigación… todo un lujo para aquellos alquimistas de la Edad Media. Como decíamos, el hecho de que un científico se encontrara inmerso dentro del contexto de “una u otra ciencia” llevó a experimentos que hoy se nos antojan inverosímiles. Pero hay que tener en cuenta que se carecía de muchos de los conocimientos actuales y que otros se presuponían como ciertos siendo completamente falsos.

Para ilustrar esto queremos referirnos al experimento del químico y médico flamenco de finales del siglo XVI Jan Baptista Van Helmont, que es considerado en la actualidad como el verdadero padre de la bioquímica. Aún con este impresionante currículo, no debemos olvidar que los hombres son hijos de su tiempo, y de ahí la acérrima defensa que llevó a cabo para demostrar la teoría de la generación espontánea, que propugnaba que cualquier ser vivo podía ser creado de la nada si se daban las condiciones favorables necesarias (un ejemplo muy utilizado para defender esta teoría son los llamados “gusanos de la carne”, que no son sino larvas de mosca que son depositados sin que tenga nada de espontáneo). Al parecer, se fijó en la aparición “espontánea” de ratones en los toneles que, en aquella época, formaban parte casi esencial de la mayoría de viviendas y comercios. Así, enunció una “eficaz” fórmula para obtener ratones a partir de un simple barril, y que consistía en colocar algún tipo de comida dentro del tonel y llenarlo con ropa sucia: con tan sólo esos elementos, al cabo de tres semanas, la generación espontánea de roedores estaba asegurada. 

No nos dejemos engañar por el aire infantil del enunciado, sino con la actitud de esos hombres con ansias de descubrir, buscar, superarse día a día en aras de la verdad. Eso es lo que hace a la Ciencia un concepto verdaderamente hermoso.





El caballero del aire

24 03 2008

DR-1En los albores de la aviación, cuando las guerras aún se libraban a caballo y espada, la aparición de las nuevas máquinas voladoras pronto hizo que se incorporasen éstas a las filas de los ejércitos. El avión facilitaba tener un ojo remoto allí donde era necesario, al igual que realizar incursiones detrás de las filas enemigas de una forma más rápida y efectiva que por medio de tropas terrestres. A principios del siglo XX, cuando hacía tan sólo unos pocos años que se había logrado que un avión como tal alzara el vuelo por sí mismo, el estallido de la I Guerra Mundial favoreció una rápida evolución de la aeronáutica debido a la necesidad de dotar al ejército de una máquina de guerra superior a la del contrincante.

 

Pero lejos de hablar de estos aviones, queremos dedicar unas líneas a sus pilotos. Estos hombres vieron en la naciente aeronáutica una forma de demostrar su valía y coraje mucho más allá de lo que permitía un caballo o un rifle. Así, muchos jinetes se pusieron a los mandos de esos caballos alados que conferían un aire de distinción y nobleza por la sociedad de la época. Pero lo más importante de estos pilotos no era que fueran considerados héroes o que poseyeran un coraje especial, sino que en sus corazones se albergaban unos valores que los hacía diferentes. Así, el honor era una de las máximas de estos guerreros, quienes en vuelo luchaban con fiereza pero, ante una avería del contrincante, dejaba que fuera la suerte quien decidiera el destino del enemigo. Por ejemplo, el código de los pilotos veía con deshonor el que un piloto sobrevolara a otro derribado para dispararle mientras salía de su accidentada máquina por su propio pie. Lo único viable era aterrizar y retarse en duelo, equilibrando las fuerzas de nuevo. Hay que considerar esto de forma que el fin era el derribo y no la aniquilación del piloto, si bien la mayoría de ocasiones ambos conceptos se hallaban unidos por razones obvias.

 

Por otro lado, los aviones guardaban su verdadera esencia y la aerodinámica jugaba un papel principal en el resultado del combate aéreo. En aquella época, las aeronaves carecían de misiles, radares y demás elementos actuales, sino que el volar significaba que era el propio piloto el que debía fundirse con su montura, como si las alas fueran una extensión de sus extremidades. El vuelo se realizaba de forma visual, a través de referencias como ríos, carreteras, montañas… cualquier pliegue del terreno era válido para guiar al aeronauta. Y, al igual que los antiguos navegantes, el sol y las estrellas formaban un mapa en el cielo al que seguir. Había que tener en cuenta las corrientes de aire, tormentas y cualquier inclemencia por pequeña que fuera porque una ligera brisa podía ser la causante del descontrol del avión.

 

Se me antoja preciosa la estampa de un solitario avión de reconocimiento en medio de la noche, en el que sólo se encuentran máquina y hombre, guiándose por las estrellas y con el ruido de motor acompañando los latidos de su corazón mientras el aire le acaricia la cara.

 

En la actualidad, ese tipo de vuelo se ha relegado a los denominados “ultraligeros”, los cuales se consideran sólo como una forma de recreo más, ya que la aviación “real” utiliza toda suerte de aparatos que facilitan un vuelo adecuado en todo momento. Como es normal, es lógico pensar que la tecnología ayude a la aeronáutica, pero parece como si volar fuera menos real, como si se tratase de una película en la que el piloto es un mero espectador que sólo alcanza a rozar con los dedos la grandiosidad del vuelo. Cierto es que hace falta un mínimo de tecnología para el vuelo: los motores son tecnología, la construcción y entelado de las estructuras son tecnología… pero aún así, hay que sucumbir a estos pequeños toques si queremos sentir lo que aquellos caballeros del aire sentían hace ya más de 100 años en los que, ya fueras de uno u otro bando, la guerra se dejaba a un lado para mostrar la caballerosidad en un duelo alado en el que la astucia, el honor y el valor era lo único que importaba.





Parapentes fúnebres

18 03 2008

ParamotorSiempre me he resistido a poner noticias directamente en este espacio, pero es que la que nos ocupa tiene demasiada “chicha” como para dejarlo pasar. Se trata de dos chicos, pilotos de parapente (dato importante) que han puesto en marcha una iniciativa bastante curiosa: un servicio de esparcido de cenizas al aire desde el aire.

Ya no tenemos excusa para no desear que nuestras cenizas descansen allá donde queramos o, simplemente, donde las lleve el viento, nunca mejor dicho. Lo que nadie ha pensado es que habrá que mirar un poco hacia abajo antes de lanzar esa “bomba”, porque no creo que sea muy agradable que te caiga un par de kilitos de ceniza en la cabeza mientras das un paseo por el campo, y eso sin que te digan que el polvo que te acaba de caer se llama Romualdo y murió de un ataque al corazón la semana pasada… a poco que seamos aprensivos, hay más de uno que seguro que estará una semana pensando si inhaló un poco de Romualdo. Incluso podríamos decir que si tragamos ese polvillo, se puede considerar un acto de canibalismo, aunque en vez de chuleta de pollo, la “ración” tiene que saber a Ducados.

También hay que mencionar el trabajito de los pilotos, que no deja de ser bonito en el sentido romántico de la palabra, yo no digo que no, pero y eso de…“¿tú en qué trabajas? ¿Yo? Tiro cenizas de muertos al aire mientras vuelo. A mí me sigue sonando un pelín raro. Y habrá que ver también la broma del arrojo de cenizas, porque la demanda del servicio no debe ser muy elevada, así que amortizar la empresa a base de cenicitas… Ya, ya sé que es la última voluntad, hay que respetarla, no tiene precio y todo eso… pero vamos, que algunos moribundos parece que escogen adrede cosas raras para que los “que quedan” no se aburran mientras cumplen la última voluntad.

Lo que queda claro es que a partir de ahora, aunque el sol nos pegue collejas durante un paseo por el campo, lo mejor es llevarse un paraguas, y no precisamente para protegerse de la lluvia, sino de Romualdo…





¿Qué debe hacer uno cuando ve a un animal en vías de extinción comerse a una planta en vías de extinción?

14 03 2008

Nadie puede asegurar que los llamados críptidos no sean sino un vestigio aislado de una especie que “se extinguió”. De hecho, como ya hemos aclarado en otras ocasiones, nuestro planeta se nos hace pequeño y salimos a investigar al espacio, nuevos mundos, nuevos planetas, buscando indicios de congéneres extraterrestres que nos ayuden a entender las eternas preguntas de “¿de dónde venimos?” y “¿hacia dónde vamos?”. Pero en realidad, grandes áreas de nuestro “pequeño” planeta siguen inexploradas: selvas tropicales que aguardan secretos que ni el mismo Indiana Jones esperaría encontrar, cuevas que albergan trazos de culturas antiquísimas que es esconden en el silencio de la oscuridad… y eso sin hablar de lo que, curiosamente, más abunda en la Tierra… el agua. Las masas oceánicas cubren casi el 75% del planeta, eso es algo que todos sabemos, pero lo que no conocemos es lo que hay realmente ahí debajo. Todavía existen fosas abisales que  no han podido explorarse por falta de tecnología en algunos casos, y en otros por la simple falta de interés.

En relación a esto, ya en la antigüedad los historiadores tenían ese tono de escepticismo que caracteriza a la Ciencia. Pero no hablamos de tener en cuenta leyendas o viejos mitos, sino de la obcecación en aceptar lo que un científico de prestigio dice como la única verdad absoluta, es como si no pudiera haber nada más allá que las palabras de esa “eminencia”… Todos somos humanos, y por muy doctos que seamos en algo, no podremos saber nunca si con lo que pensamos se acaba la discusión. Por ejemplo, el historiador Plinio “fijó” el número de especies marinas en el asombroso número de 176. Según él, todas las especies habían sido descubiertas y no podían existir más porque, de lo contrario, se hubieran encontrado. Cierto es que los medios de hace unos años no son los de ahora, y con más razón si lo trasladamos a milenios, pero también hay que pensar que un investigador debe conservar los pies en la tierra, pero no enterrarlos en ella. Con este panorama, parece lógico girar sobre nuestros talones y dejar las estrellas por un momento para adentrarnos en lo inexplorado de nuestro planeta, investigar todos aquellas “experiencias” que se salen de lo que llamamos Ciencia, y que en realidad sólo es el preludio de la verdad, una verdad enormemente mayor de lo que imaginamos. 

Por ello, en este nuevo capítulo que hoy escribimos sobre criptozoología, no podíamos dejar pasar la oportunidad de aprovechar para alzar nuestra voz a favor de todas aquellas criaturas que quedan por conocer y que están mucho más cerca de lo que parece. Sirva este post para explicar nuestra opinión sobre la investigación actual de nuestro planeta y que, aunque nos creamos que el ser humano es rey y señor del universo, no somos más que un simple personaje en nuestro mundo.

Además, para terminar sólo añadir que antes de saber si tenemos “vecinos en la planta de arriba”, antes debemos arreglar los desperfectos que tenemos en nuestra propia cocina, en los desagües, en el baño, en el dormitorio, arreglar los grifos para que no goteen, comprar más camas para todos, aumentar el número de sillas en nuestra mesa del comedor. Entonces, cuando todo eso ocurra y no antes, el ser humano estará preparado para llamar a la puerta de sus vecinos para pedir un poco de sal.